Hoy les traigo la reseña del último libro que leí el año pasado. La Guerra de los Mundos es un clásico entre los clásicos de ciencia ficción. Realmente es un gran libro si tenemos en cuenta que fue publicado por primera vez en el año 1897, y ya nos habla de una invasión extraterrestre y de tecnologías bastante avanzadas para la época.
Es una lectura bastante entretenida. Nos relata desde el momento en que los marcianos empezaron a caer en la Tierra, hasta la casi completa invasión de esta. Te describe cómo son, qué armas utilizan, cómo trabajan juntos, etc. Así que es casi imposible no sentirte parte de la historia y sufrir como nuestro protagonista, aquel que nos narra todo desde su punto de vista. Puedes sentir el horror, el miedo y la desesperación. Esa sensación de expectativa cuando uno de estas criaturas hace su aparición para acabar con todo lo que encuentre a su paso y así invadir pueblo por pueblo. Son temibles, poderosos, y no pararán hasta cumplir su objetivo.
Lo que más me gustó sin lugar a duda es la forma en que el libro juega con el poderío de los seres humanos. Dueños y señores de la Tierra, pero que no son más que hormigas para estos seres de Marte, quienes los exterminan sin ningún esfuerzo. Se podría pensar que los humanos son inútiles, que nada puede hacerse. Pero luego llega ese gran final, que nos demuestra todo lo contrario, no porque se haya abierto fuego y alguien salió triunfante, si no porque la sola naturaleza humana puede tener un papel muy importante en su supervivencia.
El único pero que le veo es que cuando el protagonista intenta contarnos la historia desde el punto de vista de otra persona que estaba en otra ciudad diferente, a veces salen expresiones que hacen entender que él también estuvo ahí con ella presenciando lo mismo, lo cual no fue así. No sé si es algo de la traducción o error del autor al tratar de manejar la primera y tercera persona
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Nació en Bromley, Kent, como el tercer hijo varón de Joseph Wells y su esposa Sarah Neal. La familia, de la empobrecida clase media-baja de la época, lo llamaba Bertie. Tenían una tienda nada próspera comprada gracias a una herencia, en la que vendían productos deportivos y loza fina.
Un accidente infantil por el que se rompió la tibia y su larga convalecencia lo obligaron a permanecer durante meses en reposo. Con ocho años de edad, esta impuesta quietud propició el descubrimiento de la lectura y en particular, guiado por su padre, de autores como C. Dickens o W. Irving.
Cuando su padre sufrió un accidente que le impidió ganarse la vida como lo había hecho hasta entonces, Herbert y sus hermanos comenzaran a emplearse en diversos oficios. Fue así como, entre 1881 y 1883, llegó a ser aprendiz de una tienda de textiles llamada Southsea Drapery Emporium: Hyde's, experiencia que se ve reflejada en sus novelas.
En su juventud, Wells recibió una beca para poder estudiar biología en la Normal School of Science de Londres, y alejado del humanismo clásico, se situó en una posición más cercana a las ciencias, que le proporcionó buena parte de la energía creadora que nutrió su trayectoria como novelista.
Debido a su falta de recursos económicos, tardó varios años en licenciarse. Poco después, debido a problemas físicos, decidió dedicarse a la escritura de manera constante.
Durante 50 años escribió más de 80 libros. Su producción podría dividirse en tres etapas: la de novela científica, la familiar y la sociológica. La novela científica comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió pronto en un género popular, y las escritas por Wells son obras maestras del género gracias a su interés científico, así como a sus sólidas estructuras estilísticas y a su prodigio imaginativo. Basta como ejemplo la primera de ellas, La máquina del tiempo (1895), en la que el inventor de la máquina puede viajar hacia el pasado o el futuro con un sencillo movimiento de palanca.
Fue miembro de la Sociedad Fabiana. Acosado por los achaques físicos que le habían perseguido a lo largo de toda su vida, tuberculosis y lesión de riñón, se refugió durante sus últimos años en su finca de Easton Glebe, dedicado a la revisión de sus obras completas.
H.G. Wells falleció el 13 de agosto de 1946 en Londres.
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